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lo que los perros nos enseña de los problemas

Es indudable que los perros son animales entrañables. Los que los amamos de forma especial y hemos compartido momentos inolvidables con ellos sabemos ver la sabiduría que encierran con su comportamiento.

 

Las personas, al igual que los perros, también somos animales. Es cierto que podemos hacer razonamientos más complejos o utilizar un lenguaje más preciso pero eso no nos exime de ser habitantes del planeta, al igual que ellos.

El problema ha sido que el ser humano, especialmente en los últimos siglos, se ha creído que era el centro del Universo. Esta concepción desmesurada de nuestra importancia como especie ha sido -en buena parte de los casos- la responsable de multitud de desórdenes, malestares y perturbaciones.

La buena noticia es que ningún ser, ni humano ni can ni felino es tan importante. Simplemente habitamos el planeta, se nos ha concedido el gran privilegio de vivir y estamos aquí para adaptarnos lo mejor posible a las condiciones dadas. Una adaptación en la que entra en juego nuestra parte de conducta, pero también la emocional y la fisiológica.

No estaría de más que aprendiéramos más de los perros. El lector pensará que nos hemos vuelto locos, pero no es así. Ya el conocido filósofo Diógenes se dio cuenta de todo esto y fue apodado como “El perro” debido a que había aprendido a quitarse importancia y ego a sí mismo, a ser más espontáneo y desvergonzado, más impúdico y, sobre todo, a saber distinguir a los amigos de los enemigos.

Diógenes y los perros

Diógenes alababa las virtudes de los perros e intentaba imitarlos, comportarse como ellos. Para llegar a comportarse de esta forma, tuvo que empezar a enfocar sus problemas como si realmente fuese un perro y esto le sirvió para administrar mejor la importancia que le concedía a los acontecimientos, tanto externos como internos. Vivía en la indigencia, concretamente en una tinaja, estaba siempre rodeado de sus familiares los perros e incluso hacía sus necesidades en público.

Llevó a la práctica el ideal del sabio a través de numerosas anécdotas: vida solitaria, desnudo y sin más vivienda que un tonel, en renuncia constante de todos los bienes creados por la sociedad humana. Lo hacía porque entendía que no los necesitaba para vivir.

Los que empezaron a apodar a Diógenes como “el perro” querían, en realidad, insultarle pero como buen perro, Diógenes no le dio importancia e incluso se enorgulleció de su calificativo y lo usó como su emblema. Pensó que esa forma de llamarse a sí mismo le identificaba a la perfección.

Diógenes quiso desprenderse de todos los bienes materiales que llevan la falsa etiqueta de necesarios y de los que terminamos siendo esclavos. Decidió vivir en la austeridad, tal y como lo harían los perros y se dio cuenta de que siempre podía ser más humilde de lo que se era.

Empecemos a ser un poco más perros

Es evidente que la historia de Diógenes resulta bastante estrambótica y no vamos a tratar que el lector la tome al pie de la letra y empiece a comportarse de este modo. Sin embargo, sí pretendemos que el trasfondo de la historia sea entendido y que a partir de ahí puedas decidir si quieres tomar alguna parte de ella para aplicarla.

Si reflexionamos por un momento, nos daremos cuenta de que muchos de nuestros problemas emocionales nacen de nuestro egocentrismo. Por ejemplo, una dificultad que genera este egocentrismo lo apreciamos en las personas a las que les cuesta un montón delegar tareas, personas que olvidan que son únicas pero no imprescindibles.

Si piensas en un perro, el tuyo, el del vecino o uno callejero y lo observas, podrás percatarte de que solo le interesa lo que realmente es necesario: resguardarse de las inclemencias del tiempo, moverse, conseguir la comida y la bebida diaria, procrear junto con algo de juego y atenciones. No necesita ser el mejor perro de la ciudad ni hacerlo todo perfecto.

Piensa que las personas vivimos determinadas opciones como si fueran necesidades: queremos un buen trabajo, un buen sueldo, una casa con piscina, una pareja atractiva, viajar, éxito profesional, ser reconocidos y alabados… y si esas necesidades no son cubiertas nuestra autoestima se ve resentida. Nos sentimos menos que los demás.




Si queremos comenzar a vivir una vida un tanto “mas perra”, el primer paso es no sentirnos tan importantes: no nos deprimiremos si no se nos reconoce, no nos enfureceremos ante una injusticia verbal ni competiremos tanto con los demás en aras de sobresalir y obtener el aplauso.

El segundo paso es ser menos pudorosos. No vamos a irnos al extremo exagerado de hacer nuestras necesidades en mitad de la calle, pero sí que debemos mostrarnos más abiertamente, tal y como somos. Quizás alguno de nuestros defectos quede más marcado, pero eso es mejor que pagar el precio de no desarrollar nuestras potencialidades.

Si me da vergüenza vestir de cierta forma porque pienso que estoy flaco, gorda, pálida, morena o lo que sea, voy a tomar la opción de vestir como me apetezca al margen de estos complejos que la sociedad ha pretendido que tengamos. Los perros no se avergüenzan por ser más grandes, más pequeños, de un color u otro.

 




¿Te imaginas a un perro fijándose en el físico de una perra o en si va más o menos a la moda?, ¿Crees que un perro envidiaría a otro porque su cama para dormir es más grande o más cara? Evidentemente, les da igual todo eso.

Por último, seamos menos necesitados. Como Diógenes demostró, no hacen falta tantas cosas para sentirnos a gusto y felices. Hoy en día, si estás leyendo esto, como mínimo tienes móvil u ordenador, lo que quiere decir que tienes cubiertas tus necesidades básicas (porque el móvil o el ordenador no lo son) ¿por qué entonces eres infeliz?

Entonces, ¿por qué no te animas a ser un poco más perro?




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